



El Lazarillo de Bellas Artes
(Memorias apócrifas de un Divo
Consagrado)
Farsa tragicómica picaresca en
cuatro amos y un espejo
PERSONAJES Y DISPOSITIVO
ESCÉNICO
- GABRIEL
(50 años y 19 años a la vez): Un solo actor que se desdobla sin salir de escena. Por un lado es
el Divo Consagrado —envuelto en una monumental bata de seda negra bordada
con lentejuelas de oro— y por el otro es el muchacho famélico de
provincia, con pantalones rabones de poliéster y suelas de cartón de
huevo. Su esquizofrenia de supervivencia se marca con cambios secos de
luz, postura y voz.
- LOS
CUATRO AMOS: DOÑA
CARLOTA DE LAS LOMAS (Gula y Soberbia), DON NEPTUNO DEL "SARAPE
ELÉCTRICO" (Pereza), EL LICENCIADO CIENFUEGOS (Ira y Avaricia) y
RODOLFO "EL DIVINO NARCISO" (Lujuria y Envidia).
- VUESTRA
MERCED: Una
grabadora de casete de los años setenta sobre el tocador iluminado, a la
que Gabriel relata su vida. En el Epílogo es representado por NAZARENO, un
Asistente general, taquígrafo, compositor, cantante… muerto de hambre de
diecinueve años.
El camerino principal del Palacio de Bellas Artes,
saturado de coronas de gladiolas gigantes. Un espejo barroco al fondo que se
vuelve translúcido cuando estallan las alucinaciones vengativas de Gabriel.
PRÓLOGO: EL TESTAMENTO DE LAS
LENTEJUELAS
(Luz ámbar tibia sobre el tocador. GABRIEL, de
espaldas, contempla un traje de mariachi estilizado en terciopelo negro y oro
colgado de un maniquí. Se escucha el zumbido del aire acondicionado y, detrás
de los muros, el rugido sordo de diez mil almas coreando su nombre en el
Palacio de Bellas Artes. Gabriel se sirve un caballito de tequila cristalino,
se mira las bolsas bajo los ojos en el espejo rodeado de treinta focos y oprime
la tecla "Rec" de la grabadora de casete. Habla con una cadencia
musical).
GABRIEL:
Pues mire usted, Vuestra Merced… o como quiera que le pongan en la imprenta
cuando vendan mis memorias a tres pesos en los puestos de periódicos… la gente
allá afuera cree que uno nació brotando de una concha nácar, ya con el falsete
planchado, la sonrisa colgate y el trasero forrado de seda. (Suelta una risa
irónica). No. Para llegar a este camerino donde hasta el agua del excusado
huele a gardenias importadas, este que ves aquí tuvo que ser primero tapete de
entrada, luego escupidera de cabaret, después ladrillo caliente para pies
ajenos y, en los ratos libres, carnada de tiburones.
Dicen
los curas de mi pueblo que hay siete pecados capitales que te mandan derechito
a las calderas del Patas. ¡Pura propaganda para asustar a los que comen
frijoles! En esta ciudad de lobos con corbata, el único pecado mortal es tener
pecados cuando eres pobre. Si eres pobre y tienes Soberbia, amanece tu cadáver
tieso de hambre en una banca de la Alameda. Si eres pobre y tienes Ira, te
rompen el hocico a macanazos en los separos de la delegación. Si tienes Gula,
se te pega el ombligo al espinazo de tanto tragar saliva viendo las vitrinas de
Sanborns.
Yo
triunfé, sí, porque Dios me puso un órgano de catedral en la garganta… pero
sobre todo porque aprendí a vender mi dignidad a plazos, como una promoción
solo por hoy, mientras por dentro cerraba los ojos y me imaginaba que los
degollaba a todos con una cuerda de guitarra.
(Se despoja de la bata de seda negra y oro. Debajo
lleva un pantalón de poliéster color mostaza tres dedos arriba del tobillo y
una camisa percudida sin botones en el pecho. Su postura digna se derrumba de
golpe: encoge los hombros, mete la barriga y adquiere la sonrisa hambrienta,
servil y luminosa de un perro callejero que pide hueso).
GABRIEL:
Porque el hambre, Vuestra Merced, es una maestra muy perra y muy manolarga…
pero ¡ah, qué bonito te enseña a dar el Do de pecho cuando te aprieta el
pescuezo!
CUADRO PRIMERO: DOÑA CARLOTA DE
LAS LOMAS
(La luz cambia a un blanco quirúrgico de mansión
millonaria. Entra DOÑA CARLOTA DE LAS LOMAS subida en tacones de aguja de los
70s, envuelta en una estola de zorro plateado con todo y cabeza disecada que le
muerde el hombro, un collar de perlas del tamaño de huevos de codorniz y un
perrito pekinés de peluche perfumado en los brazos).
GABRIEL: (Al casete, mientras sostiene una guitarra
vieja a la que le falta la cuarta cuerda).
Llegué a la capital desde mi tierra con tres boleros escritos en bolsas de
cemento y un agujero en el zapato izquierdo por donde me entraba el frío y se
me salía la pena propia. Mi primer amo no fue amo, fue ama: Doña Carlota de las
Lomas de Chapultepec. Me contrató en la esquina de Correo Mayor para amenizar
la fiesta de primera comunión de Frou-Frou, su pinche perrito pekinés que
acababa de salir de una operación de hemorroides en Houston. Me prometió
cuarenta pesos y derecho a lamer las charolas del buffet cuando se fueran las
visitas. Yo llevaba cuatro días desayunando tacos de aire sin tortilla.
DOÑA CARLOTA: (Con voz engolada de soprano operada de las
amígdalas, rociando "Flit" alrededor de Gabriel).
¡A ver, tú, canta algo folclórico pero sin gritar como vendedor de camotes, que
a Frou-Frou se le aflojan los puntos del esfínter con las notas agudas. ¡Y
hazte dos pasos para atrás de la mesa del caviar, que estás sudando manteca
rancia y me vas a cortar la mayonesa con tu mirada de huérfano!
GABRIEL:
Pero Doña Carlota, señora bonita… es que desde el martes no me cae nada sólido
a la panza. Mire nomás ese pedazo de salmón que dejó mordido el señor Arzobispo
ahí en el cenicero… ¿no me deja darle aunque sea el último besito antes de que
lo tiren a la basura? Yo le canto mi canción nueva, una que compuse pensando en
el día que mi santa madre me empeñó en la ferretería por dos kilos de clavos…
DOÑA CARLOTA: (Soltando una carcajada de cristal cortado).
¡Ay, chicas, vengan a oír a esta mascota silvestre, dice que tiene madre y que
compone canciones! ¡Cállate el hocico y toca Las Mañanitas, mugroso! Mira, aquí
se le cayó al perrito un pellejo de queso gruyere entre mis zapatos. Si te lo
comes del suelo sin usar las manos y moviendo la colita al compás del vals, te
doy cinco pesos extra para que te compres jabón de olor.
GABRIEL: (A la grabadora, con los ojos inyectados).
¡Sin usar las manos, Vuestra Merced! Ahí tenía yo frente a mis narices las
charolas de ostiones en su concha, los pavos rellenos de piñones brillando como
nalgas de querubín, las fuentes de champaña donde las viejas jijas apagaban sus
cigarros con boquilla de marfil… Mi estómago rugía en Mi bemol mayor. La Gula
me jalaba de la lengua hacia el piso y la Soberbia me decía: "¡Párteles la
guitarra en el hocico, Gabriel!".
(CAMBIO DE LUZ: DELIRIO ONÍRICO I - Rojo Sangre y
Violeta Eléctrico / Mambo Macabro).
GABRIEL: (Irguiéndose sobre un banco como un emperador
azteca vengador, con los ojos en blanco).
¡Y entonces, Vuestra Merced, dejé caer la guitarra y agarré el cuchillo
eléctrico de trinchar el pavo! De un brinco subí sobre el mantel de encaje de
Bruselas pateando las soperas de plata sobre los vestidos de Dior. Le arranqué
el collar de perlas del pescuezo a Doña Carlota y se las fui metiendo una por
una por la garganta con el cabo de un cucharón mientras le gritaba:
"¡Tráguese sus perlas, esfínter de bruja, a ver si al salir por la cola ya
vienen engarzadas!". Luego agarré al pekinés Frou-Frou, me lo amarré de
peluca imperial en la cholla, tomé una pierna de pavo como micrófono y solté un
falsete tan salvaje que les reventé los implantes de silicona y los cristales
de Baccarat a todas las damas de la caridad. ¡Qué hermoso banquete, jefe! ¡Yo
comiendo caviar a puños sobre la alfombra mientras Doña Carlota me ladraba en
cuatro patas pidiéndome un huesito de aceituna!
(CORTE SECO DE LUZ. Regresa el blanco frío de
cocina rica. Silencio sepulcral).
DOÑA CARLOTA:
¿Te quedaste tieso a propósito o eres idiota de nacimiento, muchacho? Te dije
que sin meter las manos en la alfombra, que acabamos de aspirar. ¡Y rapidito,
que Frou-Frou se aburre!
GABRIEL: (Con una sonrisa inmensa, luminosa y rota; se
pone en cuatro patas, recoge la corteza de queso con los dientes haciendo una
pirueta cómica y ladra afinado en Sol mayor).
¡Guau, guau, patroncita linda! ¡Qué rico sabe el quesito francés con polvito de
tacón de aguja! ¡Ahí le van Las Mañanitas con ladrido de falsete para que al
niño Frou-Frou le cicatricen bonito sus partes nobles!
GABRIEL: (Escupiendo disimuladamente en su pañuelo
mientras Doña Carlota sale riendo; habla a la grabadora).
¿Ve usted, Vuestra Merced? Si yo me hubiera puesto digno y soberbio aquella
tarde, hoy mi esqueleto estaría en la fosa común de Dolores con el honor
intacto y la panza vacía. ¡La dignidad no se mastica ni hace buen caldo! Esa
noche mastiqué aquel pedazo de queso con pelusa de alfombra en el camión de
regreso, llorando pura bilis… pero de ese ladrido que di en cuatro patas saqué
el gritito agudo de mi primer éxito internacional. Doce años después, cuando
Doña Carlota quedó en la calle porque su marido se fugó a Suiza con el chofer,
me mandó pedir dos boletos regalados de gayola para verme cantar… ¡y yo le
mandé una caja de galletas para perro con mi autógrafo pintándole un gran dedo
gordo! El que ríe al último…, se come el plato frío de la venganza.
CUADRO SEGUNDO: DON NEPTUNO Y EL
SARAPE ELÉCTRICO
GABRIEL: (A la grabadora, dándole un trago al tequila).
Después de que Doña Carlota me corrió de las Lomas por haberle dejado olor a
niño pobre en sus alfombras persas, entendí la primera ley de la física
musical, Vuestra Merced: en este país, antes de que un empresario te quiera
escuchar el Do de pecho, te quiere tentar el Do de nalgas. (Suelta una
carcajada sarcástica). ¡Y no se me asuste, que usted me pidió la verdad a
calzón quitado! Si uno quiere llegar a cantarles a las primeras damas en Bellas
Artes, primero tiene que aprender a cantarles a los maridos de las primeras
damas cuando andan ahogados de ron en los tugurios de San Juan de Letrán.
(GABRIEL se pone encima una camisola de rumbero con
olanes manchados de grasa de taco al pastor sobre el pantalón zancón de
poliéster. La luz se vuelve de un rosa burdel titilante. Entra DON NEPTUNO:
traje blanco amarillento, puro apagado y baboso en la comisura de su horrible
jeta, diente de oro del tamaño de un timbre postal y un matamoscas de alambre
en la mano).
GABRIEL: (Frotándose la cara).
Mi segundo amo fue Don Neptuno, dueño, señor y proxeneta espiritual del cabaret
El Sarape Eléctrico: un sótano tan húmedo que las cucarachas te sacaban la
lengua cuando pasaban en lancha. Ahí entré a trabajar turnos de veintidós
horas. De seis de la tarde a diez de la noche lavaba los mingitorios con ácido
muriático; de diez a dos servía cubas libres con hielo reciclado de las
escupideras; de dos a cuatro cantaba boleros rancheros vestido de pajarito
tropical, y de cuatro a seis de la mañana limpiaba los privados donde los
diputados iban a desahogar sus penas patrióticas con las ficheras.
DON NEPTUNO: (Dándole un lengüetazo a su puro y un golpe
seco con el matamoscas en las pantorrillas de Gabriel).
¡Despierta, jilguerito, que te estás durmiendo parado y me espantas a la
clientela! ¡Mira nomás qué ojeras traes, pareces mapache con cruda! En la mesa
cuatro está el Comandante Pantoja con tres judiciales. Dice que vayas a
servirles la botella de coñac del bueno y que les cantes Noche de Ronda… pero
sentadito en sus piernas, porque el Comandante anda corto de vista y le gusta
sentir la vibración de la música directamente en el muslo.
GABRIEL:
Pero Don Neptuno, llevo cuatro días sin cerrar el ojo… Ayer me quedé dormido
tres minutos debajo de la mesa de billar mientras la Rosita "La
Pechugona" atendía a un carnicero encima del paño verde, y me cayó toda la
ceniza y el sudor del pecado en la mollera. ¡Déjeme dormir aunque sea media
hora en las cajas de cerveza vacía! Yo vine aquí por el arte, Don Neptuno, yo
soy compositor…
DON NEPTUNO: (Soltando una carcajada con flemas).
¡¿Compositor?! ¡Aquí lo único que vas a componer es tu sonrisa mustia cuando el
Comandante te meta el billete en los calzones! ¡La Pereza es pecado mortal,
muchacho estúpido! En El Sarape Eléctrico el que se duerme no traga, y el que
se pone digno amanece flotando en el Canal del Desagüe con unos alcatraces en
el culo. ¡Ahora vas, meneas ese esqueleto como licuadora sexy y si el
Comandante te pellizca un cachete, tú pones el otro como manda Jesucristo!
GABRIEL: (Al casete, caminando de puntitas con una
charola imaginaria).
¡Ay, Vuestra Merced, qué tentación tan dulce es la Pereza cuando tienes
diecinueve años y las patas hinchadas como tamales mal amarrados! Yo veía a los
borrachos tirados debajo de los mingitorios, roncando sobre el aserrín miado, y
los envidiaba como si estuvieran en las nubes del paraíso. Cuando llegué a la
mesa cuatro, el Comandante Pantoja —un gorila que olía a loción Sanborns, a
sobaco añejado y a pólvora— me jaló del olán de la camisa, me sentó de un
sentón sobre su cinturón con pistola y me metió la mano fría y sudada por
debajo de la camisola, buscando quién sabe qué estación de radio en mis
costillas, mientras me soplaba el humo del cigarro en la oreja diciendo:
"Cántame bajito, primor, que traigo el gatillo atarantado".
(CAMBIO DE LUZ: DELIRIO ONÍRICO II – Luces
estroboscópicas Rojo Infierno y Amarillo Azufre / Conga Cabaretera).
GABRIEL: (Saltando sobre una silla en pleno trance
vengador, con mirada de soldadera revolucionaria).
¡Y entonces, Vuestra Merced, sentí que me bajaba el espíritu de María Félix
revuelto con el de Pancho Villa! Cerré las piernas de tijera y ¡zas!, le
aplasté los huevos al Comandante Pantoja con los puros huesos de mis caderitas
famélicas. Mientras el gorila aullaba en falsete buscando sus miserias por el
suelo, le saqué la cuarenta y cinco de la funda. "¡Ahora van a ver cómo
canta su primorosa madre, hijos de puta!", les grité. Puse a Don Neptuno
en cuatro patas sobre la pista de baile, le metí su propio puro encendido por
donde no le daba el sol, y obligué a los tres judiciales a bailar el Lago de
los Cisnes en calzones mientras yo les vaciaba las botellas de coñac del bueno
en la cabeza y les prendía fuego con un cerillo. ¡Ardió El Sarape Eléctrico! ¡Y
yo salí caminando entre las llamas, desnudo, glorioso, y cubierto de billetes
de a mil pesos pegados con miel de abeja en mis partes nobles, mientras los
bomberos me tiraban claveles y girasoles desde las escaleras!
(CORTE SECO DE LUZ. Regresa el rosa burdel
tristísimo).
DON NEPTUNO:
¡Báilale más sabroso al Comandante, muerto de hambre, que pareces moco
escurrido! ¡Despabílate, sonríe!
GABRIEL: (Se mueve incómodo con la mueca congelada de un
triste payaso).
¡Sí, mi Comandante! ¡Ay, qué mano tan calientita tiene usted, parece nopal
salido del comal! ¡Ahí le va el segundo verso, jefe, y si quiere me doy la
vuelta entera para que vea cómo me brilla el poliéster!
GABRIEL: (Se limpia la nariz y la boca y se acerca a la
grabadora).
Esa noche no quemé el cabaret, Vuestra Merced. Ni le rompí nada al Comandante,
más que el cierre de su bragueta con un botón de mi camisa cuando me quiso dar
el pilón en el pasillo de los baños. Pero mire usted cómo trabaja la
Providencia cuando uno se traga el asco: para que aquel viejo cochino no me
alcanzara a agarrar de lleno las carnes mientras yo cantaba y al mismo tiempo
no quedarme dormido de pie, empecé a dar unos brinquitos de lado, metiendo la
panza, sacando el pecho y dando media vuelta con los brazos arriba como
espantando moscas. Los borrachos empezaron a gritar: "¡Miren cómo baila el
flaquito, parece que trae una lagartija viva en los calzones!". Se
empezaron a reír, me empezaron a aventar monedas de a cinco pesos a la pista… y
veinte años después, Vuestra Merced, las señoras decentes de todo el continente
pagan boletos de primera fila para verme hacer exactamente ese mismo pasito de
baile, creyendo que es pura alegría tropical. ¡Qué alegría va a ser, corazón!
¡Son reflejos de venado lampareado para que no te agarren las nalgas sin pagar
boleto!
CUADRO TERCERO: EL LICENCIADO
CIENFUEGOS
(Don Neptuno desaparece en la penumbra. La luz
cambia a un ámbar burocrático de oficina cara de los años setenta. Entra EL
LICENCIADO CIENFUEGOS: peluquín rubio platinado chueco, gafas de sol cuadradas,
saco de cuadros escoceses y unos zapatos de piel de cocodrilo que traen pegados
los ojos de vidrio del animal en la punta).
GABRIEL: (Quitándose la camisola de olanes; queda en
camiseta interior de tirantes, con un fajo de partituras manchadas de grasa
bajo el brazo).
Con las propinas que saqué esquivando manos en El Sarape Eléctrico, junté para
comprarme una camisa sin agujeros y me fui a tocar la puerta grande: Discos El
Cóndor. Ahí reinaba mi tercer amo, el Licenciado Cienfuegos. Un hombre tan
avaro que cuando lloraba en los entierros recogía sus lágrimas con un gotero
para echarle agua al acumulador de su coche. Llegué temblando con mis veinte
mejores canciones —las que escribí en papel de estraza mientras limpiaba
excusados— y él me recibió con los pies arriba del escritorio.
LICENCIADO CIENFUEGOS: (Hablando como locutor de
comercial de laxantes).
Mira, provincianito mío, tus cancioncitas tienen su gracia. Son corrientes,
pegajosas y lloronas, como le gustan a los jodidos como dijo el Filósofo
Azcarraga…. Pero, francamente te lo suelto: tienes cara de mascara michoacana:
bigotona y hasta el suelo… y te mueves como si te estuvieran haciendo
cosquillas en la cola. El público quiere galanes rubios de mandíbula cuadrada.
Te doy cien pesos por el lote completo de las veinte canciones, me firmas aquí
que las escribió mi sobrino Riko "El Ciclón sabroso de Polanco", y
luego tú… te vas por la sombrita.
GABRIEL:
¡Pero Licenciado, cien pesos no me alcanzan ni para pagar el cuarto de azotea
donde duermo con otros cuatro músicos y una cabra! ¡Déjeme grabar aunque sea un
disco sencillo con mi voz! ¡Y yo le juro que si me escucha cantar aquí mismo,
de cerquita, se le van a parar hasta los pelos del peluquín!
LICENCIADO CIENFUEGOS: (Bajando la voz, quitándose
las gafas oscuras y mirándolo con lascivia viscosa).
¿Ah, sí, muchachito? ¿Mucho pulmón y mucha garganta tienes? A ver… acércate
para acá. Fíjate que hoy no vino el bolerito del edificio y mis cocodrilos
traen polvo de la calle. Métete debajo de mi escritorio, sácale brillo a mis
zapatos con tu propia manga… y mientras estás ahí abajo, de rodillas entre mis
rodillas, cántame esa que dice "Te voy a querer hasta que se seque el
río". Si me convences de que tienes buena… acústica ahí abajo, igual y te
subo a ciento cincuenta pesos y te dejo hacer los coros haciendo
"shabadabada" atrás de mi sobrino.
GABRIEL: (A la grabadora, mientras se pone de rodillas
frente al sillón del Licenciado).
Ahí me tiene usted, Vuestra Merced, metido en la cueva oscura debajo de la mesa
de caoba, oliendo a talco mentolado para pies y a naftalina de bragueta vieja.
La Ira me quemaba las orejas como aceite en llamas. Yo veía aquellos dos
cocodrilos muertos en sus patas y pensaba en todas las noches que pasé sin
cenar para rimar "corazón" con "perdición". Y mientras el
Licenciado abría las piernas despacito, suspirando como marrano en charco y
bajando la mano con su anillo de graduación para acariciarme el pescuezo…
(CAMBIO DE LUZ: DELIRIO ONÍRICO III - Morado
Psicodélico y Humo Dorado / Trompetas Mariachis Saturadas).
GABRIEL: (Saliendo de debajo del escritorio transformado
en un sacerdote satánico del bolero).
¡Le agarré los dos zapatos de cocodrilo y les di un pellizco en la cola que los
revivió, Vuestra Merced! ¡Los cocodrilos abrieron el hocico llenos de colmillos
y zas, zas, le arrancaron las dos piernas al Licenciado Cienfuegos hasta la
ingle! Mientras el viejo gritaba chorreando tinta china en lugar de sangre, le
arranqué el peluquín rubio, me lo puse de bigote imperial, tomé su pluma fuente
de oro macizo y se la clavé en medio de la frente para firmarle el contrato de
defunción. "¡Canta shabadabada ahora en el infierno, viejo puerco!",
le grité, mientras su sobrino Riko y sabroso entraba en cuatro patas ladrando y
pidiéndome perdón, y yo lo obligaba a comerse sus propios mocos con salsa
picante hasta que le diera hipo por la cola.
(APAGÓN DEL MORADO. Luz ámbar de oficina).
LICENCIADO CIENFUEGOS: (Cerrando las piernas de
golpe y acomodándose la corbata con dignidad fingida).
¡Pase, señorita Irma, pase! No se asuste, es que al muchacho se le cayó una
moneda de veinte centavos aquí entre mis pies y como es medio miope la anda
buscando con la nariz… (Patea a Gabriel con la punta del zapato). Toma
tus ciento veinte pesos, firma con tu huella digital aquí donde dice
"Cesión perpetua e irrevocable hasta el Día del Juicio Final", y
llévate tu triste figura de aquí.
GABRIEL: (Saliendo a gatas, con la frente manchada de
betún negro y el billete apretado en el puño).
Gracias, Licenciado. Que Dios le conserve la vista a su sobrino Riko y a usted
le conserve los cocodrilos muchos años. Si necesita quien le lustre las botas
el mes que entra, me chifla; yo cobro barato y no dejo manchas en la alfombra.
GABRIEL: (A la grabadora).
Firmé, Vuestra Merced. Le vendí veinte hijos míos por ciento veinte pesos y una
humillación bajo el escritorio con olor a queso rancio. Si hubiera tenido Ira o
Soberbia, me habría ido con mis papeles bajo el brazo a morirme de hambre
dignamente. Pero como ya no tenía vergüenza, le dejé las veinte canciones
buenas… y me guardé en el forro de los calzones las tres canciones
verdaderamente inmortales. Cuando el Licenciado quiso comprarme más canciones
al quebrar su disquera, le cobré hasta los intereses de la saliva.
CUADRO CUARTO: RODOLFO "EL
DIVINO NARCISO"
GABRIEL: (Empañando el micrófono con su aliento).
Con los ciento veinte pesos del Licenciado Cienfuegos no me compré zapatos,
Vuestra Merced; me compré un traje azul celeste que brillaba en la oscuridad
como letrero de neón… y me fui a buscar el amor. ¡Ay, qué bruto es uno cuando
tiene veinte años y las hormonas alborotadas como chivo calenturiento! Uno
aguanta el hambre, aguanta los pellizcos de los judiciales y aguanta limpiar
zapatos con la manga… pero el día que el pobre se enamora de un rico bonito,
ese día sí entrega el alma, el hígado y hasta la cartilla militar sin pedir
recibo.
(GABRIEL se queda en shorts y camiseta… Tiene como
accesorio básico una toalla roja pequeñita que usará como instrumento de
trabajo… La luz se vuelve de un dorado ostentoso de penthouse de Paseo de la
Reforma. Entra RODOLFO "EL DIVINO NARCISO": galán de cine maduro,
pecho depilado y aceitado, bata de seda con estampado de leopardo, botas
charras con espuelas de plata y tupé perfecto. Se besa a sí mismo en un espejo
de mano).
GABRIEL: (Suspirando).
Mi cuarto amo fue Rodolfo Montenegro, que en los carteles de cine se anunciaba
como El Macho de Jalisco y en su departamento de soltero se ponía crema de
tortuga virgen en las nalgas para que no se le colgaran con la gravedad. Me
contrató como su "secretario particular, masajista de empeines y
compositor de cabecera". Y ahí caí redondito en dos pecados gemelos: la
Lujuria de querer comérmelo vivo, y la Envidia de ver cómo Dios le había dado a
ese animal sin oído la cáscara perfecta que a mí me negó.
EL DIVINO NARCISO: (Mirándose el perfil con una
lupa mientras estira la pierna para que Gabriel le quite las botas charras).
¡Jala parejo, paisano, no me vayas a destroncar el tobillo que mañana tengo
sesión de fotos en traje de baño para la revista Siempre! Oye, mi José Alfredo
… ¿ya terminaste la canción esa que te pedí ayer? Necesito algo muy macho, muy
desgarrador, que hable de que me muero de amor pero sin perder el bigote. Esta
noche viene a cenar la hija del Secretario de Gobernación con los periodistas,
y le tengo que cantar al oído para que su papá me financie mi próxima película
de charros contra momias.
GABRIEL: (Abrazado a la bota de Rodolfo como si fuera
una santa reliquia).
Ya quedó lista, Rodolfo… digo, señor Montenegro. Se llama Con el alma hecha
jirones. La escribí anoche, después de que usted me dejó calentarle el lado
izquierdo de la cama… ¿se acuerda que me dijo que yo tenía las manos más
suavecitas que todas las actrices de Churubusco y que algún día nos iríamos
juntos a Acapulco aunque fuera de incógnito?
EL DIVINO NARCISO: (Soltando una carcajada de
galán de radionovela).
¡Ay, criatura silvestre, no confundas la gimnasia con la magnesia! Una cosa es
que a uno le dé frío en los riñones a las tres de la mañana y necesite un
ladrillo caliente entre los muslos, y otra muy distinta que el Macho de Jalisco
ande paseando en lancha con un jilguerito que parece artesanía de barro negro.
¡Tú eres mi secreto de Estado, Gabrielito! Como mi faja ortopédica o mis
dientes postizos de atrás: indispensables en lo oscurito, pero si salen en la
foto se me acaba la carrera.
(Suena el timbre del penthouse. El Divino Narciso
baja la voz dos octavas a tono de barítono viril, infla el tórax y escupe en el
suelo).
EL DIVINO NARCISO:
¡Ya llegaron los de la prensa y mi prometida! ¡Corre, métete adentro del clóset
de los trajes de charro con tu guitarrita! Cuando yo tosa dos veces y abra la
botella de champaña, tú tocas y cantas desde adentro del ropero pegando la boca
a la cerradura, para que la niña crea que soy yo el que le está cantando con
voz de ángel mientras le muerdo la oreja. ¡Y ni se te ocurra estornudar por la
naftalina!
GABRIEL: (Metiéndose en cuclillas detrás del espejo
barroco, hablando al casete entre sollozos).
¡Tres horas estuve encerrado en aquel ropero oscuro, Vuestra Merced, oliendo a
alcanfor y a gamuza sudada! Por la rendija de la llave veía a mi Divino Narciso
tirado sobre la alfombra de oso polar, dándole uvas peladas en la boca a una
güera oxigenada. Él abría la bocota fingiendo que cantaba mis versos, y la
güera le decía: "¡Ay, Rodolfo, qué adentro tienes el sentimiento, pareces
poeta!". Y cada vez que a mí se me quebraba la voz del puro coraje,
Rodolfo le daba un taconazo a la puerta para que yo afinara el falsete. ¡Ahí
conocí el infierno, jefe! Querer ser el oso polar, querer ser la uva, querer
ser el mismo Rodolfo… y no ser más que un fantasma afónico encerrado entre
nueve mil chamarras de cuero de todos los modelos y colores.
(CAMBIO DE LUZ: DELIRIO ONÍRICO IV - Rosa Furioso y
Verde Veneno / Violines y Trompetas de Plaza de Toros).
GABRIEL: (Saliendo del ropero con un traje de charro
blanco inmaculado, velo de novia de seis metros y unas tijeras de podar
gigantes).
¡Pero de pronto se me subió lo michoacano hasta la coronilla, Vuestra Merced!
Pateé las puertas de caoba del ropero y salí como arcángel vengador en noche de
grito. "¡Conque dientes postizos y faja ortopédica, hijo de tu pelona
madre!", le grité delante de todos los fotógrafos del periódico. De un
tijeretazo le corté la bata de leopardo y dejé al Macho de Jalisco en puros
calzones de encaje rosa con relleno de hule espuma. Mientras los periodistas le
tomaban fotos con flash en la entrepierna, lo amarré de los tobillos con las
cuerdas de mi guitarra, lo colgué de cabeza del candelabro como piñata de
posada y con su propio cepillo de plata le arranqué el tupé pelo por pelo al
ritmo de El Jarabe Tapatío. "¡Canta ahora sin mí, muñeco de cera
derretida!", le cantaba yo en Do sobreagudo, mientras la hija del
Secretario de Gobernación caía de rodillas a besarme las botas y me firmaba las
escrituras de Acapulco en el lomo desnudo de Rodolfo.
(CORTE SECO DE LUZ. Luz azul pálida de madrugada
fría).
EL DIVINO NARCISO: (Abriendo la puerta del
ropero con asco, limpiándose el lápiz labial ajeno).
Ya se fueron los periodistas, ya puedes salir de tu cueva, murciélago.
Estuviste medio desafinado en el segundo estribillo, ¿eh? Toma cincuenta pesos
para tu taxi, y si abres el hocico diciendo que tú me escribes las canciones o
que me conoces los lunares de la espalda, le digo a mi compadre el Jefe de la
Policía que me robaste un reloj de oro y te pudres diez años en las Islas
Marías. ¡Ahuecando el ala!
GABRIEL: (Tirado en el suelo en calzones, pasando del
llanto a la fría calculadora picaresca).
Me tiró a la banqueta de Paseo de la Reforma a las cinco de la mañana, Vuestra
Merced, lloviendo a cántaros y con cincuenta pesos mojados en la bolsa. Quise
tirarme debajo de un trolebús… pero pensé: "Si te tiras, el muerto eres tú
y el que sale llorando bonito en el entierro es Rodolfo". ¡Pues voy a
vender los dulces del corazón roto a peso el kilo! Escribí doce canciones esa
mañana. Rodolfo murió gordo, calvo y debiendo la renta… ¿y sabe quién pagó su
caja de muerto para salir en los periódicos como un caballero generoso? ¡Su
seguro servidor, Vuestra Merced! La mejor venganza no es matar al amo: es
comprarle el panteón y cantarle gratis en el velorio.
EPÍLOGO: EL QUINTO AMO SOY YO
(Tres golpes secos y urgentes retumban en la puerta
del camerino. La voz del traspunte grita afuera: "¡Tercera llamada, señor
Gabriel! ¡El señor Presidente ya ocupó su palco y el Palacio de Bellas Artes se
cae a pedazos!". GABRIEL, enfundado en su traje monumental de terciopelo
negro y oro, oprime el botón "Stop" de la grabadora, saca el casete y
gira hacia el rincón más oscuro del camerino, detrás de una corona gigante de
alcatraces enviada por el Sindicato de Banqueros).
GABRIEL:
Ya salga de atrás de las flores, Vuestra Merced… que con esos funestos
alcatraces y esa cara de susto parece usted el muerto del entierro. ¡Salga,
hombre, no muerda el terciopelo!
(De entre las flores blancas sale arrastrando los
pies NAZARENO: un muchachito de diecinueve años, escuálido, con el pelo
engominado con limón, un traje gris de poliéster tres dedos arriba del tobillo,
zapatos rotos con suela de cartón y una libreta taquigráfica de la Secretaría
de Educación Pública apretada contra el pecho).
NAZARENO: (Con voz de gallo adolescente).
Perdóneme usted, don Gabriel… yo no quería hacer ruido ni respirar fuerte para
no gastarle su oxígeno. Pero es que… ¡óigame, don Gabrielito! Si el
Subsecretario de Cultura escucha esa cinta que acaba usted de grabar, a usted
le cierran Bellas Artes y a mí me mandan a barrer las Islas Marías con cepillo
de dientes. ¡A mí me mandaron del Ministerio para que usted me dictara un
folleto ejemplar para las escuelas primarias titulado "De humilde Milusos
a orgullo de la Patria: cómo triunfar con castidad, ahorro y amor al
trabajo"! ¡¿Cómo voy a poner en los libros de texto gratuitos lo del
Comandante Pantoja, lo de los cocodrilos del Licenciado y lo de los calzones de
encaje del Macho de Jalisco?!
GABRIEL: (Soltando una carcajada deliciosa mientras se
pinta un lunar falso junto al labio).
¡Ay, criatura, pues ponle que el Comandante Pantoja era mi maestro de civismo y
que en el ropero de Rodolfo estaba yo rezando el rosario para que lloviera en
la Sierra Madre! ¿Pues qué querías, corazón? ¿Que te contara que llegué a
Bellas Artes comiendo hostias consagradas y tejiendo chambritas para los
huérfanos? ¡Mírame bien…, “Vuestra Merced”! (Abre los brazos como un Cristo).
Cada hilo de seda de este saco es una mentira que dije a tiempo, cada hilo de
oro es un sapo vivo que me tragué sin hacer gestos, y estas botas de charro que
brillan como charol nuevo…
(GABRIEL se detiene en seco. Mira hacia la mesa del
tocador, donde hay una bandeja de plata intacta con quesos franceses, uvas
verdes, ostiones ahumados y una pierna de pavo glaseada enviada por la
Presidencia. Luego baja la vista hacia los zapatos agujereados de NAZARENO. Se
oye el rugido de las tripas del muchacho).
GABRIEL: (Cambiando el tono a una suavidad felina,
peligrosa y fascinante).
Oye, NAZARENO… ¿desde cuándo no cenas, muchacho?
NAZARENO: (Tragando saliva mientras mira el pavo glaseado
como si fuera una aparición mariana).
Desde antier al mediodía, don Gabriel. Yo también compongo canciones, don
Gabriel. Traigo veinte boleros aquí que le juro que hacen llorar hasta a las
piedras. Si usted me deja cantarle aunque sea uno ahorita mismo…
GABRIEL: (Arqueando una ceja, tomando una corteza de
queso gruyere de la bandeja con dos dedos).
¿Ah, sí? ¿Veinte canciones en papel de estraza? Mira qué casualidad… fíjate que
al cruzar el pasillo me cayó una gotita de polvo en la punta de la bota
izquierda. Y a mí no me gusta salir al escenario con los pies empolvados porque
el señor Presidente tiene binoculares de águila.
(GABRIEL se sienta en el sillón frente al tocador,
cruza la pierna con la soberbia lánguida de Doña Carlota, el Licenciado
Cienfuegos y el Divino Narciso juntos, y estira la bota hacia el muchacho).
GABRIEL:
A ver, compositor… ponte de rodillas aquí entre mis piernas. Sácale brillo a la
puntera con la manga de tu saco gris… y mientras me limpias el polvo, cántame
bajito tu bolero más triste. Si me gusta cómo tienes la… acústica ahí abajo,
igual y te compro el lote completo por cien pesos para que diga que las escribí
yo, y te dejo llevarte los huesos del pavo envueltos en una servilleta. ¿Qué
dices, jilguerito? ¿Tienes orgullo o tienes hambre?
(NAZARENO mira la bota de Gabriel, luego la bandeja
de comida, cierra los ojos tragándose dos lágrimas de rabia y se deja caer de
rodillas sobre la alfombra).
(EL ESPEJO DE LOS MONSTRUOS - Verde Bilis y Rojo
Sangre / Carnaval Fúnebre).
(El espejo del camerino se vuelve translúcido por
detrás. Aparecen pegadas al vidrio las caras grotescas de DOÑA CARLOTA, DON
NEPTUNO, EL LICENCIADO CIENFUEGOS y EL DIVINO NARCISO, todos usando la misma
bata negra y oro de Gabriel, aplaudiendo en cámara lenta y riendo con dientes
de oro).
LOS CUATRO AMOS: (A coro desde el espejo, con la voz
distorsionada del propio Gabriel).
¡Bravo, Gabrielito, bravo! ¡Ya llegaste a la cumbre! ¡Ya tienes tus mansiones
en Polanco y el Pedregal y tu propio muerto de hambre limpiándote las botas con
la lengua! ¡Písale los dedos, Gabriel! ¡Échale la corteza de queso en la
alfombra! ¡El que no pisa no brilla! ¡Ya eres el Quinto Amo, corazón, ya eres
igualito a nosotros!
(GABRIEL mira el espejo con horror. Ve al muchacho
de rodillas entre sus botas, encogido exactamente igual que como él estuvo
treinta años atrás).
GABRIEL: (Pegando un grito que apaga de golpe a los
fantasmas del espejo).
No, yo no soy igual… ¡Párate de ahí, muchacho! ¿Por qué te humillas?
(GABRIEL agarra a NAZARENO de las dos orejas y lo
levanta de un tirón hasta ponerlo de pie frente al espejo).
GABRIEL:
¡Mírate en ese vidrio! Y hazme caso como si te estuvieran dictando los nuevos
mandamientos. ¡Si vuelves a hincarte delante de un viejo con lentejuelas por un
hueso de pavo, te parto la guitarra en la cabeza yo mismo! (Le arrebata los
papeles a Nazareno). ¡Dame esas partituras! Las voy a leer, pero no te
prometo nada. Y si me sangran los ojos por tu mala ortografía, te las hago
tragar una por una. Al Subsecretario lo mandas por un tubo y le dices que no te
concedí la entrevista… (Agarra el casete recién grabado y se lo mete a la
fuerza en el bolsillo de la camisa al muchacho). ¡Y toma esta cinta!
Guárdala donde no te la encuentren los judiciales. Esta cinta la escuchas tú
solo a las tres de la mañana cada vez que se te ocurra regalar una canción por
cien pesos o calentarle la cama a un imbécil que se trate de aprovechar de ti.
(GABRIEL toma la charola de plata entera con los
quesos, los ostiones y el pavo, y se la encaja en los brazos a NAZARENO).
GABRIEL:
Toma, cómete todo lo que puedas de esta charola. Y toma estos billetes,
cómprate unos zapatos que no lloren cuando camines y no te lo gastes todo.
Espera mi llamada para que te diga si tu música funciona o mejor te pones a
trabajar en un McDonald's… Pero si triunfas… Si algún día llegas a tener un
camerino como este, NAZARENO… prométeme que cuando te mires al espejo no vas a
ver visiones desfiguradas de un triste pasado. ¡Ahora lárgate por la puerta de
los artistas antes de que me arrepienta y te cobre mis consejos!
VOZ DEL TRASPUNTE: (Abriendo de par en par la
doble puerta del fondo del camerino).
¡Al escenario, señor Gabriel! ¡Todo México lo espera!
(Por la puerta abierta entra un chorro descomunal
de luz blanca cegadora y el estruendo glorioso de sesenta violines y doce
trompetas tocando una introducción desgarradora. GABRIEL queda un segundo solo
frente al espejo. Se acomoda las solapas de oro, ensaya su sonrisa más
radiante, apaga las luces del espejo para ya no seguir viendo los rostros
desfigurados de sus antiguos fantasmas y avanza hacia la luz cegadora con el
micrófono de oro en la mano).
GABRIEL: (Cantando a todo pulmón hacia el abismo
luminoso mientras cae el telón lentamente).
¡Dicen que no tengo orgullo,
porque vendo la ilusión,
a peso doy el suspiro
y a dos pesos el perdón!
¡Si supieran, vida mía,
lo que cuesta esta canción:
siete pecados de hambre
metidos en el… corazón!
¡Buenas
noches, Bellas Artes! ¡Arriba Michoacán y que nadie se quede sin llorar, que
hoy invito yo!
(Estallido de aplausos ensordecedores, lluvia de
claveles blancos y rojos sobre el escenario y APAGÓN FINAL).
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